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La opinión que nos creamos de alguien se basa en los diferentes prejuicios que tenemos en función de nuestro universo social o cultural, o incluso de nuestra experiencia en la vida. Estas sentencias inconscientes pueden acabar siendo erróneas...
Desde el comienzo de la reflexión humana a través de la filosofía, el hombre cayó en la cuenta de que el conocimiento que ofrecen los sentidos es un conocimiento que revela, al mismo tiempo que oculta, la verdad de las cosas. Durante siglos ha persistido esa duda, comprender por qué es así, pues el discernimiento científico necesario para comprender lo que en el conocimiento pertenece, por una parte, a las características de nuestros sentidos y sistema nervioso, y, por otra, lo que pertenece propiamente a las cosas, no ha sido fácil de alcanzar.
Aunque se ha avanzado mucho en el conocimiento de los órganos de los sentidos y del sistema nervioso, todavía queda mucho por investigar sobre el proceso que se produce en el cerebro hasta llegar a la elaboración de eso que, propiamente dicho, es el conocimiento de las cosas.
Durante mucho tiempo se valoraba como verdadero lo que “estaba oculto” más allá de la apariencia, del fenómeno, y el intento del conocimiento era “desvelar” eso oculto como esencia, la cual sólo sería accesible por la razón.
Hoy día el objeto de investigación es el propio fenómeno, a través de cuyo examen intentamos descubrir la verdad que está en su propia manifestación y que nosotros interpretamos de muchas y variadas formas, siendo unas más adecuadas que otras, según contextos.
Por eso hay que considerar diversas clases de conocimiento, así como diversas clases de verdad.
El mundo vive de apariencias, por eso estamos en la ignorancia.
Todos ven lo que aparentas. Nadie siente lo que eres.
¿Acaso si llevase otras ropas eso haría cambiar mi personalidad? ¿Por qué entonces lo primero que hacemos al ver a alguien es juzgar?
Lourdes Carcedo